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 Alicante Vivo

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  • HOMENAJE A ENRIQUE PÉREZ "KIZ" - 10-12-2014
    No le conocí personalmente, pero sí intercambié varios correos con motivo de la publicación del artículo que le dediqué en Alicante Vivo hace 6 años y que llevaba por título LOS MURALES DE ENRIQUE PÉREZ "KIZ" EN ALICANTE (y que podéis consultar pinchando en él) y fue un trato muy cordial y en el que colaboró cediendo para la publicación varias fotos de su colección. Desgraciadamente falleció muy joven, a los 36 años de edad el pasado mes de mayo. Y por ese motivo, hace un par de semanas, sus compañeros de afición y profesión decidieron hacerle un homenaje de la mejor manera que saben hacerlo : pintando.  Según declaraciones sobre el evento en  Este artículo del Diario Información:  "Nico, uno de los organizadores, señala que «hemos tenido que hacer una selección de 28 personas para pintar porque no caben más, pero la gente vendrá igualmente», tras añadir que «todos vamos a poner "Kiz" en la pieza, cada uno a su estilo, seguro que alguno le dibuja y vamos a utilizar los botes de spray que le sobraron para esta exhibición de homenaje».
    Kiz, hijo del dibujante Enrique, era muy querido y respetado por los grafiteros y tenía amigos por toda la provincia, «nunca tuvo enemigos y eso es difícil en el grafiti». Sus dibujos eran «muy suyos, con colores muy vivos, algo melancólico y profundo. Era muy reflexivo», asegura Nico."
    Pues ahí están esos 150 m de muro decorados en su homenaje, en el cauce del barranco de San Agustín junto a la calle Teulada y frente al mercadillo. Merece la pena verlo, porque éstos son solo una pequeña muestra.








    Y para un tema tan específico creo que el rap es lo mejor, pero como son de temática a veces un tanto complicada y no quiero que se tome como una alusión al tema de este artículo (que no es otro que sumarme al homenaje) pues hoy no hay acompañamiento musical.
    Artículo publicado conjuntamente
    con el blog Alacantí de profit





  • LOS CAFÉS DE ALICANTE EN EL SIGLO XIX - 07-11-2014

    En la primera quincena de abril de 1928, cerraba sus puertas el que un tiempo fue concurridísimo Café Español, café enclavado en el entonces paseo de los Mártires, actual Explanada de España, uno de los lugares más emblemáticos del Alicante de entonces y de ahora.

    No fueron pocas las alusiones a la clausura de este centro de solaz y recreo del Alicante de finales del siglo XIX y primer cuarto del XX, las aparecidas en las páginas de los diarios de la época. Álvaro Botella escribía en las páginas de El Luchador: «En él, hubo una famosa tertulia de escritores y periodistas que influyeron grandemente en la vida de nuestra ciudad. Últimamente conservaba el carácter de los clásicos cafés alicantinos, con sus jugadores de dominó y peñas de amigos. Cosas muy interesantes se podrían escribir de tan popular café, víctima de las nuevas costumbres y aficiones». Del mismo modo, en El Correo, Manuel de Elizaicin confirmaba todo lo anterior, haciendo hincapié en los mismos motivos de la desaparición del famoso café alicantino.

    Este suceso sería, además, el móvil que indujo a Francisco Montero Pérez a plasmar en las páginas de varios números de El Luchador del mes de mayo del mismo año, sendas entregas dedicadas a hacer un  justo recordatorio de los principales establecimientos de este tipo que existieron en Alicante en el siglo XIX. En ellas está basado este artículo.

    La instalación de los cafés en nuestra ciudad coincide con la definitiva implantación en España del régimen constitucional, si bien antes de esta época existía en Alicante alguna reducida y antihigiénica planta baja, cuyo mobiliario se reducía a un corto número de modestas mesas con sus correspondientes sillas de anea y servicio de cristal y loza de Manises, y que tomaba el pomposo nombre de «café». Pero está claro que a estos establecimientos no se les podía considerar como tales, especialmente si los comparamos, no ya con los actuales, sino con los que se comentan a continuación, pues se trataba de sitios en los que solo se servía esta bebida y, a lo sumo, para recreo de los que a los mismos acudían, se les facilitaba una baraja.

    En un Alicante cuya población rondaba los 15.000 habitantes, coexistían tan solo cuatro o cinco centros de este tipo en todo el casco de la población, no muy bien vistos por la ciudadanía general, y con un escaso número de contertulios, lo que impedía la proliferación de estos mal llamados cafés. Y a ello no contribuía precisamente la manera tan estrecha de interpretarse en nuestra ciudad las atribuciones concedidas a los alcaldes corregidores, por lo que al orden público se refería, pues solo se permitía que los cafés tuviesen sus puertas abiertas hasta las nueve de la noche en invierno y hasta las once en verano, trancurridas las cuales, el infortunado que topaba con la ronda nocturna y esta averiguaba que salía de un café, se hacía acreedor de una considerable multa. Por si esto no era suficiente, las gentes de entonces no miraban con buenos ojos a los tertulianos habituales de los cafés, pues pensaban que «mientras atendían a las expansiones del cuerpo, olvidábanse de rendir culto a las del espíritu».

    De esos cafés instalados en la ciudad en esta época de imperante régimen absolutista, uno estaba en la en esos años denominada plaza de Entre Dos Puertas, actual plaza de San Cristóbal; otro en la calle de la Cruz de Malta, predilecto de los tripulantes de los buques nacionales y extranjeros que arribaban a nuestro puerto, dada su proximidad al mismo; coexistiendo dos o tres más, repartidos por los arrabales de San Francisco y de San Antón, y en el entonces naciente Barrio Nuevo, en concreto en la plaza de Santa Teresa, actual plaza Nueva. Llegada la época de la definitiva implantación del régimen constitucional, se crearían, sin obstáculos ni cortapisas de ningún género, sociedades culturales y de recreo, aumentando con ello el número de cafés hasta entonces existentes.

    Uno de los más concurridos en el período de tiempo que media desde 1835 hasta 1856, era propiedad de José Martínez «El Panderetes», y estaba situado en el paseo de la Reina, actual Rambla de Méndez Núñez. La concurrencia del Café de Panderetes la componían en su mayor parte afiliados al grupo más exaltado del partido Progresista y, por consiguiente, los que formaban la funesta partida de «la Capa», que tenía sus conciliábulos secretos en la famosa «Cova», sita en la partida rural de Babel, en el huerto llamado «del Pato».

    Durante los días que en 1844 imperó Pantaleón Boné en Alicante, en este café recibían los pronunciados las instrucciones del jefe civil del Pronunciamiento, Manuel Carreras y Amérigo, motivo este para que, al entrar las tropas sitiadoras en nuestra ciudad, mandadas por Federico Roncalli, fue buscado «El Panderetes» con insistencia por la policía, para unir su nombre al de los fusilados en el malecón el día 8 de marzo. Pero este logró ponerse a salvo, y la única recompensa que obtuvo en el resto de su vida, durante el mandato de los hermanos Campos y Doménech, fue el modesto destino de segundo jefe de la policía de esta ciudad, entonces dotado con 1.500 pesetas a nuales.

    La construcción del Teatro Principal en 1846, influyó en pocos años en la instalación de nuevos y elegantes cafés en las calles de los alrededores del mismo, siendo dignos de ser recordados:
    - Café de la Iberia, propiedad en 1864 del que sería más tarde político de renombre, Antonio Mas Gil, instalado en el número 3 de la plaza del Teatro, actual de Ruperto Chapí, frente al coliseo alicantino, años más tarde trasladado al paseo de los Mártires, esquina a la calle de la Victoria, después Doctor Esquerdo, que sería absorbida por la prolongación de la Rambla. Eran sus concurrentes asiduos, afiliados al partido Unión Liberal.
    - Café de Paredes, hacia 1866, situado en la esquina que unía la calle Duque de Zaragoza y la actual Rambla, esquina después ocupada por la que sería farmacia de Planelles. Era el más elegante de los entonces existentes en Alicante, y al mismo acudía la pacífica mentalidad burguesa, pues la más alta sociedad tenía por punto de recreo el Casino, de cuyo café se haría cargo Paredes años después. Le dieron justa fama la leche merengada y los barquillos rellenos. Era cenáculo habitual de los periodistas, así como de los ingenios y artistas alicantinos, siendo apenas visitado durante la mañana y, a la vuelta de las dos de la tarde, se trocaba en bulliciosa algazara hasta altas horas de la noche.
    - Café de Gorcet, conocido así por el nombre de su propietario, Gregorio Vallejos, que lo creó en los dos o tres años anteriores a la Revolución de Septiembre. Era punto de reunión de los artistas que actuaban en el Teatro Principal, así como de los republicanos moderados, no en vano se situó, durante muchos años, con cambio de propietario incluido, en la misma plaza del Teatro.
    - Café de Chaumet, instalado en la casa señalada entonces con el número 38 de la actual Rambla de Méndez Núñez, propiedad de Jaime Barrachina. Allí solían reunirse los republicanos alicantinos más acérrimos.

    Inaugurada la esperada línea férrea que puso en comunicación nuestra ciudad con Madrid en 1858, la industria y el comercio tomaron un incremento extraordinario, lo que al propio tiempo conllevó la creación de nuevos cafés que, por su esmerado servicio y el lujo desplegado, no tenían nada que envidiar a los más famosos en la corte y principales ciudades españolas. Recordemos algunos:
    - Café del Universo, en los bajos del pasaje de Amérigo, en la calle de la Princesa ?actual de Altamira?. Se abrió al público en 1863, y era de los más elegantes y espaciosos del Alicante de entonces. Tenía un público integrado en su mayoría por liberales que esperaban el triunfo de sus ideales, lo que daba motivo para la más exquisita vigilancia por parte de las autoridades y de la policía. A este café acudían a leer sus tertulianos los periódicos que a la sazón se publicaban en sentido más democrático.
    - Café de los Dos Reinos ?más tarde de las Dos Naciones?, en la planta baja del edificio más tarde ocupado por las antiguas oficinas del Banco de España, en la esquina de la plaza de la Constitución con la calle Doctor Esquerdo, absorbida por la prolongación de la Rambla, a la altura de la actual plaza del Portal de Elche. Comenzó su funcionamiento alrededor de 1864, siendo sus propietarios José Pérez y Antonio Azuar, y funcionó a pleno rendimiento hasta 1882 aproximadamente, debiendo su éxito, sobre todo, a los inquilinos que tuvo en sus dos pisos altos: el Casino hasta 1869 y, a continuación, la Tertulia Progresista Democrática hasta 1873.


    - Café Suizo, inicialmente en la planta baja que luego fuera comedor del Hotel Victoria, en el paseo de los Mártires, y después, tras la desaparición del Café de la Iberia, en el local que este ocupaba en la misma vía. Fue su primer propietario Rodolfo Matossi y Compañía, estando al frente del café Domingo Santías, muy querido de todas las clases sociales alicantinas por su bondad. Al estar próximo al mar, era el preferido por los marinos que visitaban nuestro puerto, siendo igualmente frecuentado por afiliados a partidos mayoritarios y al Gran Oriente Español, motivos más que sobrados para justificar, en determinadas épocas, el fuerte acecho a que era sometido a todas horas por parte de la policía.


    - Café de Juanico, del nombre de su propietario, Juan Fernández. Instalado en la Rambla, al lado de la que fuera Posada de la Higuera, luego almacén de muebles y decoración de Bernad, junto al desaparecido «Central Cinema». La admiración de su propietario por la doctrina de Allan Kardec, considerado el sistematizador de la doctrina llamada «espiritismo», hizo de este local el centro de recreo y reunión de los que profesaban las mismas ideas filosóficas.
    - Café del Palamonero, en la calle Cruz de Malta, propiedad de José Maltés, especializado en la confección de exquisitos buñuelos.
    - Café del Catiu, en la plaza de la Constitución, local posteriormente ocupado por la tristemente desaparecida y muy famosa en su tiempo tienda de tejidos «La Nueva Aduaneta», en el actual Portal de Elche. Fue su propietario José Navarro.
    - Café del Tío Ramón, en el número 3 de la calle de Bajada del Paseo de la Reina, posteriormente plaza de Castelar, desaparecida con la prolongación de la Rambla, cuyo local sería posteriormente ocupado por la tienda de tejidos de Montahud.
    - Café del Tío Pino, en el número 26 de la plaza de San Francisco, posteriormente de la Reina Victoria, hoy de Calvo Sotelo. El hecho de existir en los altos del café la sociedad dramática «Cervantes», y muy cercano a este el cuartel de San Francisco, hizo que su concurrencia fuese, en su mayor parte, de militares y aficionados al teatro.
    - Café del Mellat, instalado en la calle de San Francisco ?durante años Sagasta, y luego vuelta a su denominación original?, esquina a la de Castaños, posteriormente sería ocupado su local por la ferretería de Mora. Era famosa su agua de cebada, para muchos alicantinos la mejor que se bebía en la ciudad.
    - Café del Tío Antonio Navarro, en la esquina formada por las calles del Cid y de Blasco, edificio posteriormente ocupado por las oficinas del Gobierno Civil, estando en sus bajos la imprenta de la viuda de Rovira.
    - Café del Tío Rico, el primero y único que existió en Alicante al aire libre. Su dueño, José Rico, lo montaba a la entrada de la calle de San Isidro por el paseo de la Reina, durante la temporada estival y, como en esos meses la concurrencia a los conciertos musicales que se celebraban en dicho paseo era numerosa, igualmente numerosa era la que existía a este café.
    - Café y Teatro de Variedades. Las funciones teatrales por horas comenzaron en Alicante en el verano de 1869, y se realizaron en un teatro al aire libre que se denominaba «de Variedades», propiedad del ya mencionado político Antonio Mas Gil. De importantes dimensiones, estaban instalados, café y teatro, en el solar del paseo de los Mártires posteriormente ocupado por la magnífica casa de Juan Alberola Romero, más conocida como «Casa Alberola», hoy tristemente mutilada, lindante con sendos edificios de Juan Guardiola y Fargas y con el entonces ocupado por las oficinas del Banco de la Industria y del Comercio. La entrada principal la tenían por el paseo de los Mártires y, para los artistas y dependencias, existía otra por la plaza de San Carlos ?actualmente calle de San Fernando?. En este coliseo, por el módico precio de 25 céntimos, el espectador tenía derecho a un café o refresco, según la temporada, y a presenciar una obra en un acto, por lo regular una pequeña zarzuela o una pieza de género bilingüe. Durante el invierno se cubría con un techo provisional de madera. Con alguna que otra interrupción, funcionaron hasta 1873.


    - Café del Comercio. Se instaló en 1886 en el paseo de los Mártires, esquina con la calle de Bilbao, siendo uno de los más lujosos de todo los abiertos hasta entonces en la ciudad. En el mismo local, ya en el siglo XX, Luis Martínez abriría otro clásico y suntuoso café: el Café Central.


    - Café del Barrio de Benalúa. En 1890, en vista del incremento que ya había tomado este barrio, se instaló en uno de los edificios de la plaza de Navarro Rodrigo, un espacioso y cómodo café que pervivió muchos años.


    - Café Español, que se creó a los pocos años del Café del Comercio, tan lujoso como lo fuera este, llegando a ser un clásico de nuestra ciudad, y que mantuvo exitosamente sus puertas abiertas en el paseo de los Mártires hasta 1928. Fue tertulia habitual de escritores y periodistas.

    Las necesidades y exigencias de la vida moderna, hicieron que la asistencia al café fuera más que un pasatiempo de honesto recreo, una imprescindible necesidad. El café introdujo notables mejoras a favor de sus asistentes, que eran los primeros en reconocer y apreciar: a la hermosura y elegancia del mobiliario, se unía la excelencia del servicio y, a estas mejoras, ya de por sí aliciente suficiente para atraer al público, se unió la celebración de magníficos conciertos a cargo de excelentes pianistas, cuartetos o sextetos, muy del agrado de los entendidos que premiaban con sus aplausos la labor de los artistas.

    (Artículo publicado en el blog "La Foguera de Tabarca")





  • UNA PIRÁMIDE EN LO ALTO DEL BENACANTIL - 05-10-2014


    En el año 1961 los alicantinos y turistas que subieron al Castillo de Santa Bárbara se llevaron una sorpresa. A la entrada de la fortificación, en el Revellín del Bon Repós, hoy torpemente habilitado para aparcamiento de autobuses, se encontraron con una esbelta pirámide de sillería. Una placa conmemorativa situada en uno de sus lados indicaba que se trataba de un monumento conmemorativo en memoria del cartaginés Amílcar Barca. Así fue como lo recogió brevemente ABC en su edición del 19 de abril de 1961. Pero ¿por qué se colocó un monumento en honor a Amílcar en ese lugar y además con esa extravagante forma? Pues bien, esta historia tiene dos comienzos diferentes que confluyen en el tiempo con la colocación e inauguración del monumento. Vayamos por partes.


    A finales de la década de 1950, el Ayuntamiento acuerda por fin la clausura y el desmantelamiento definitivo del Cementerio Católico de San Blas. A los propietarios de panteones y tumbas se les ofrecieron facilidades para trasladar los restos de sus seres queridos, así como sus capillas al Cementerio Municipal de Nuestra Señora del Remedio. Aquellos cuerpos que no fueron reclamados acabaron en la cripta de la actual Iglesia de San Blas. Por su parte, los panteones que no fueron trasladados pasaron a manos municipales, siendo sacado a pública subasta el aprovechamiento de sus materiales. Sin embargo el Ayuntamiento se reservó el derecho de desmontar y recolocar como monumentos algunos de los panteones singulares. Que sepamos, se colocó una columna funeraria en la rotonda del Castillo de San Fernando transformada en monumento a los Héroes Alicantinos de la Guerra de la Independencia; y otras tres tumbas, vacías, fueron colocadas en el Castillo de Santa Bárbara. A saber: el panteón de Berenguer de Marquina en el Baluarte de Santa Ana, el monumento a Nicolás Peris situado frente a la Torre de Santa Catalina y la pirámide que nos ocupa. A excepción de esta última, todos se conservan en su lugar y han sido recientemente restaurados.

    Del panteón piramidal, hoy en paradero desconocido, hemos descubierto que en 1912 era propiedad de Bernardino Roca de Togores y que en su interior estaba enterrado desde 1882 Ramón Sardina, Director de la sucursal del Banco de España en Alicante.  Este panteón piramidal es prácticamente idéntico a otros de carácter masónico situados en diversos cementerios españoles y europeos.

    Tanto la pirámide como la columna funeraria del Tossal son visibles en las pocas fotos de conjunto que se conservan del Cementerio samblasino.

    Para comprender el porqué de la lápida de Amílcar tenemos que viajar a 1932. En las excavaciones realizadas en el Tossal de Manises fue hallado un fragmento de inscripción que el Catedrático José Lafuente Vidal en su obra ?Alicante en la Edad Antigua? interpretó erróneamente como parte una lápida conmemorativa de la tumba de Amílcar. La aparición de dos nuevos fragmentos en 1958 y el encaje en el fragmento de Lafuente, realizado en 1970 por el Director del Museo Arqueológico Provincial Enrique Llobregat, dieron al traste con esta hipótesis que ya de por sí se sustentaba de forma precaria.

    Ya pueden suponer de qué forma confluyen estas dos historias en lo alto del Benacantil. La pirámide colocada en 1961 con sus inscripciones conmemorativas y la reconstrucción de la lápida de Lafuente dejaron de tener sentido tras la publicación del estudio de Llobregat en la revista número 4 del Instituto de Estudios Alicantinos y su difusión en la prensa local. Si a esto unimos la conversión del baluarte en aparcamiento de autobuses, el desmontaje del monumento era cuestión de tiempo. 

    Fuentes:

    - Diario ABC
    - Revistas del IEA Juan Gil-Albert
    - Archivo Municipal de Alicante


    ALFREDO CAMPELLO QUEREDA 
    Publicado en ABC Alicante el 14 de septiembre de 2014 
    Para más información, contacte con el autor 




  • LAS ESCALERAS Y LA MURALLA DEL RAVAL ROIG - 21-08-2014
    Yo creo que como no las tenemos a pie de calle, tangibles,  que están allá arriba, lejos de nuestro alcance, muchos alicantinos no son plenamente conscientes de nuestras murallas, que no son muy grandes, pero ahí están. Cuando se decidió derribarlas, se salvaron justo los tramos que no estaban en la parte llana y habitable de la ciudad: los que subían por el Benacantil con una gran pendiente hasta el Castillo de Santa Bárbara. 

    El tramo más largo es el de la parte Norte (el que va desde El Portón hasta el Castillo) que es transitable por su parte superior en la mayoría de su recorrido, pero el tramo Este que es el que sube desde el Raval Roig (justo donde ahora está el C.P,.San Roque) solo lo es en sus primeros metros, donde se integran unas empinadas escaleras hasta que la gran pendiente, las hace casi impracticables y por eso aunque la pared sigue su camino, se derivan en un sistema zigzagueante de rampas escalonadas o no, hasta alcanzar la cumbre pero sin acceso abierto a la fortaleza, porque aunque eso sería posible, una reja impide el paso. De hecho el propio recorrido que os vamos a mostrar, no es cómodamente accesible, porque no tiene las condiciones adecuadas, solo gente bien preparada y con cierta fortaleza puede acceder (y luego bajar, que esa es otra) hasta el final. Además de las dificultades del terreno, tenemos otra añadida: las gaviotas que son muy abundantes y se incomodan con la presencia humana. Así que gracias a Víctor Chazarra Seguí que se aventuró por esas escaleras de dios, tenemos estas bonitas fotos para que podamos ver cómodamente desde casa lo que se cuece allá arriba...
    Tramo con escaleras integradas.
     Plano del recinto fortificado en 1850, 
    gentileza de la web Alicante 1850

    Aquí empieza la muralla y las escaleras...
    llenas de escombros, en La Medina, junto al colegio.

    Imágenes irrepetibles: se ha construido el C.P. San Roque
     y ya no es posible hacer estas fotos.
     El comienzo de la muralla tal y como está ahora, ha permanecido 
    oculto tras las edificaciones de la C/Antequera.
     Abertura a través de la muralla.





     Refuerzo y anclaje de las rocas para evitar desprendimientos.
     Reflectores que iluminan la fortaleza con "recuerdo" de las gaviotas.
    Preciosas vistas y por eso alguien se subió la silla para disfrutarlas 
    cómodamente sentado, después de la extenuante subida.

    La muralla asciende ya sin escaleras...
     La garita con sus "bajos" al descubierto.
     La fabulosa reja que impide la entrada al Castillo.
     La pared acaba justo tras el edificio que 
    alberga la maquinaria de los ascensores.

     Nuestro Alicante.
    Vista desde El Postiguet.
    Las fotos hechas desde la propia muralla son gentileza de 
    Víctor Chazarra Seguí
    Y para amenizarnos la entrada, pues qué mejor que 
    "La muralla" de Ana Belén y Víctor Manuel
    Publicación original en el blog Alacantí de profit



  • ENTRE EL ATAVISMO Y LA NOVEDAD. ALICANTE EN 1748 (PARTE 2) - 18-08-2014


    Los entresijos de la autonomía municipal.

    La autoridad real cabalgó sobre la acción de los municipios, dotados de amplísimas competencias. Cada 31 de diciembre se sorteaba entre los regidores perpetuos de Alicante los empleos de las distintas comisarías de urbanismo, sanidad o abasto con carácter semestral y anual. La contratación de personal eventual y subalterno le granjeaba las mieles del patronazgo: los dulzaineros Tomás Bleda y Pedro Lázaro se disputaron con ardor en mayo el honor de tocar en las Danzas de los Enanos.

    El consistorio alicantino no cejó de reclamar sus derechos, y el 24 de octubre reincorporó el alguacilazgo mayor, compensando a su titular desde 1739 Pedro Driges con 5.125 reales. Desde 1741 los municipios de la Corona de Aragón (con la excepción de Zaragoza, Barcelona y Valencia) podían recuperar los oficios enajenados ejerciendo el derecho de tanteo.

    Desde 1747 se había consolidado la nueva estructura de las fuentes de ingresos municipales. El impuesto sobre los pesos y las medidas suplió en cierta manera a las antiguas sisas. Los derechos nuevos del siglo XVII sobre el esparto, la barrilla, el jabón, las sedas y los paños fructificaron generosamente alrededor de la barrilla. Gran parte de tales entradas acabaron en manos de las figuras dominantes de Alicante por la vía de las retribuciones de toda laya.

     
    Alicante en el siglo XVIII

    Los linajes dominantes y el gobernador.

    A partir de 1709 nuestra ciudad se encontraba bajo el mando de una figura militar, el gobernador con atribuciones de corregidor. Ejercía la gobernación en 1748 el marqués de Alós, hombre tan activo como puntilloso de su honor.

    Posteriormente tendría serias desavenencias con algunos aristócratas locales, imprescindibles en el manejo de la administración alicantina. Eran regidores perpetuos el caballero de la Orden de Montesa don Luis Rotlá Canicia y Doria, don Pablo Salafranca Pasqual de Bonanza, don Juan Bautista Vergara y Paravezino, Tomás Viar y Juan, Vicente Beviá y José Alcaraz. Entre los tres primeros se citaban añejos linajes de Alicante maridados con grandes apellidos del comercio genovés de los siglos XVI y XVII.

     Poco a poco otras familias del mundo de los negocios alcanzarían los peldaños de la oligarquía, una fuerza demasiado presente como para ser ignorada por el absolutismo, cuyo éxito radicó en ser considerado garante de los intereses de aquella minoría dentro de una sociedad de órdenes.

    La guarnición de la plaza de armas.

    La gobernación militar entrañó el despliegue de tropas reales en la ciudad, cuya veterana milicia vecinal quedó arrinconada por razones de eficiencia técnica y de desconfianza política. Sufragado con 800 pesos del impuesto del equivalente, el escuadrón de caballería de Montesa protegería la litoral Alicante con su celeridad, subsanando en la medida de lo posible las carencias de la caballería urbana de los tiempos de los Austrias.

     La recluta de voluntarios pretendió ser una alternativa a las aborrecidas quintas, y en enero se habilitó una casa para completar de tal forma el regimiento de infantería de Córdoba. Los voluntarios alicantinos nutrieron los batallones de marina destinados a los navíos del rey.

    Junto al mantenimiento de las tropas se impuso la carga del abastecimiento de maderas con destino a la armada. Se insistió al gobernador que en Alicante no se plantaban árboles suficientes para tal efecto, máxime atendiendo las urgentes necesidades de las baterías de costa y de la propia plaza como capital de armas.  

    La emergencia de una nueva sociedad.

    Ciertamente la sociedad alicantina todavía vivía bajo las normas pundonorosas del Antiguo Régimen, donde cada persona tenía una honorabilidad distinta. El contador real de la aduana Joaquín Fernández Mendisával pleiteó con éxito para no ser incluido indebidamente en el repartimiento del impuesto del equivalente del común. Gentes como los cómicos eran tratados con todas las prevenciones.

      La familia servía para transmitir el honor y los rangos de generación en generación, y no sólo entre los linajes caballerescos y de los más acaudalados comerciantes. El patrón del resguardo Pedro Carratalá consiguió del municipio que su hijo le sucediera al frente de su responsabilidad.

    Se diría que los alicantinos se superponían en castas cerradas con contactos funcionales entre sí, pero su sociedad no estaba cerrada a la promoción. La actividad mercantil atraía a no escasos forasteros, que con el paso del tiempo se afincaban con éxito en nuestra tierra. Agrupados en compañías de base familiar, los comerciantes desafiaron en más de una ocasión las normas del municipio de Alicante.

     Samper, Bartoldi y Compañía quisieron introducir indianas de Barcelona sin pagar la sisa de las puertas de tierra, y Lion y Cia. se salieron con la suya a la hora de comercializar licores foráneos, pese a que la entrada de vinos forasteros estaba muy limitada para proteger la producción local, aunque ya hemos visto que las excepciones no eran precisamente infrecuentes. El 19 de abril se dejaron entrar hasta 2.000 arrobas de vino con destino a los hospitales reales de Cartagena, el 2 de diciembre se toleró la venta de vino nuevo de regadío, y el 16 del mismo mes el cónsul neerlandés Gaspar Ernet Vernet pudo introducir para Amsterdam dos charrionadas (577 litros y medio) de moscatel compradas en Elche, pues tal variedad no se laboraba en nuestra Huerta por aquel entonces.

    La animación comercial empujó hacia arriba a los precios, oportunidad bien aprovechada por no escasos especuladores. Las reventas eran en teoría vigiladas y perseguidas por el fiel del almotacén, no siempre eficaz. Los representantes de los caleseros, como Bautista Galant, protestaron contra los revendedores de paja, muy capaces de ahogar su negocio. Preocupaba sobremanera el alza del coste del pan, elemento imprescindible en la dieta de los europeos capaz de desatar toda clase de motines y de revoluciones. Se reguló el peso del pan francés y los arrieros tuvieron que conducir los granos al almacén municipal de la casa de José Claret. Antes había servido de almacén frumentario o almudín la casa de Martín García.

    La libertad de comercio con todos sus defectos y sus virtudes se iba abriendo camino en el mundo de los negocios de Alicante. Ya encontramos algunos apellidos que alcanzarían mayor celebridad en el siglo XIX, como el del impresor Nicolás Carratalá. Decididamente el mundo se movía, y en el Alicante del XVIII se dispondrían los fundamentos del decimonónico, el de una plutocracía que lidiaría con las exigencias de la autoridad central y los anhelos de los grupos populares. 

    La utilización económica en las áreas periurbanas.

    Los negocios no se llevan a cabo en el vacío, y requieren un territorio apto libre de trabas y ciertas normativas, donde los costes de producción sean inferiores. Por añadidura tiene que estar cercano a un gran centro de consumo. Los enclaves asiáticos han cumplido recientemente una función que ya desempeñaron las zonas periurbanas de Europa durante siglos.

    En Alicante se asignó tal cometido al Valle Medio del Vinalopó entre los siglos XIII y XVIII. Los Bouligni fabricaron en Aspe y Novelda sus aguardientes, para los que solicitaron licencia de embarque por el puerto alicantino.

    Esta tendencia contribuyó al auge de algunas zonas de nuestro término municipal, como la partida o pago del Raspeig, cuya alcaldía ejerció Gregorio Torregrosa, que en representación de los labradores allí residentes consiguió desde 1743 que los ganados no pastasen en los plantíos desde mediados de febrero a la mitad de septiembre.

     La Huerta de Alicante en la obra de Cavanilles

     La Huerta alicantina no permaneció al margen del movimiento de renovación, y los derechos de sisa y saca de vinos en San Juan fueron burlados por muchos deseosos de conseguir buenos beneficios.

    Al finalizar el siglo XVIII Cavanilles comentaría la introducción en Alicante de trajes y usos que no se veían en otras tierras del Reino de Valencia. Era el colofón de una comunidad que se había ido transformando por la acción del comercio, superando no sin dificultades sus atavismos y acomodando sus costumbres al discurrir de los nuevos tiempos.  

    VÍCTOR MANUEL
    GALÁN TENDERO 
    Fotos: Alicante Vivo

    Fuentes:

    - ARCHIVO MUNICIPAL DE ALICANTE. Libro de cabildos de 1748, 9-38-0/0.

    Bibliografía:

    - GIMÉNEZ, E., Alicante en el siglo XVIII. Economía de una ciudad portuaria en el antiguo régimen, Valencia, 1981.
    - TOWNSEND, J., Viaje por España en la época de Carlos III (1786-1787), Madrid, 1988.



  • UNA JORNADA AL CAMP DE MIRRA (PART 2) - 10-08-2014








    Terres de l'Alt Vinalopó

    Ermita de Sant Bertomeu

    Torre del Conjurador



     Taulell i rellotge de sol ceràmics a l´exterior 


     
    A l´interior, gravat en paper dels martirs 
    Abdó i Senén. El blat i el raïm de vi
     

    Escultura de Sant Senén a l´interior. Observeu 
    el raïm a la ma que ofereix l´abundància

     Sostre de la casa-habitació de l´ermità

    L'ermita




    Emplaçament i restes consolidats del jaciment islàmic Almisra


     Magatzems familiars de gra



    Placa memorial del Tractat


    CALES SALINAS SALINAS
    Text i fotos



  • ENTRE EL ATAVISMO Y LA NOVEDAD. ALICANTE EN 1748 (PARTE 1) - 18-08-2014

    La instantánea de una época.

     En su famoso viaje por España de 1786 a 1787 Joseph Townsend anotó sobre Alicante:


                ?Aunque sus estrechas calles estaban antes muy mal pavimentadas, la dedicación infatigable de su actual gobernador, don Francisco Pacheco, ha hecho que pocas ciudades puedan alardear de mayor pulcritud; y gracias al buen trabajo que ha realizado este hombre, se ha podido hacer de ella, antiguamente un nido de sabandijas en todos los sentidos, un lugar muy agradable para vivir.? 


    El tiempo anterior parece sumergido en el pozo de la degradación. Alicante fue rescatada por un hombre providencial.

    Esta manera de ver las cosas no se aviene con la complejidad del cambio histórico, que en el siglo XVIII navegó entre el respeto a la tradición y el gusto por las novedades. En los primeros años del reinado de Fernando VI (1746-59) nuestra ciudad se debatía en este mar de dudas. Los sinsabores de la Guerra de Sucesión iban quedando atrás, y Lorenzo López culminaba la Ilice Ilustrada que emprendiera el también jesuita Juan Bautista Maltés. El orgullo de los alicantinos hacia su patria chica permanecía incólume, pese a todos los cambios institucionales introducidos en el municipio por las autoridades borbónicas. Arrieros, carreteros, pescadores, marineros y factores de la mercadería prosiguieron vivificando la vida comercial de Alicante hacia 1748. Veamos cómo era su vida en aquel tiempo.

     Fernando VI

    Las amenazas de la Madre Naturaleza.

    Un 21 de febrero de 1748 cayó torrencialmente la lluvia sobre Alicante. Desde las alturas del castillo el agua se despeñó por los cauces de las avenidas hasta la ciudad. La de la Mina, cuyo nombre recordaba el terrible acontecimiento de la Guerra de Sucesión, llegó a arrasar la Calle Mayor. Muchos de sus vecinos se salvaron de ahogarse al poderse romper las paredes medianeras de sus viviendas. La furia de las aguas alcanzó la Plaza del Mar y la ya quebrantada Puerta Nueva, cuyo lienzo ya requería mucho antes un urgente reparo.

    El 23 se consideraron con gran preocupación los daños del temporal. Muchas calles estaban cubiertas de las piedras arrastradas por las aguas. Se contrataron jornaleros para limpiarlas y componerlas. Tal fue el rastro de este episodio de intensas precipitaciones en la habitualmente poco lluviosa Alicante, tan castigada por prolongadas sequías.

    Aun así nuestra ciudad bien pudo considerarse afortunada al salvarse de la furia de las fuerzas telúricas. Los terremotos que afectaron a fines de marzo el área de Játiva no nos violentaron, y el milagro se atribuyó a la voluntad de Dios. Las rogativas y muestras de especial devoción se intensificaron hasta tal extremo que se prohibieron el 27 de mayo las representaciones de comedias para mantener el alicaído Hospital de San Juan de Dios. Los cómicos bien podían ofender con sus irreverencias a la Divinidad, que en su ira desencadenaría un atroz temblor de tierra. En la ciudad de Valencia se había obrado con igual ?cordura?.
               
    Tanto favor de las alturas bien merecía que se celebrara solemnemente el 3 de junio el patrocinio de Santa Felicitas. Decididamente el Siglo de las Luces no se mostró muy diáfano aquellos días entre los alicantinos.


    El peligro del contagio epidémico.

    Antes que nos visitara la fiebre amarilla y el cólera morbo, la peste bubónica todavía amenazaba nuestra localidad portuaria en su retirada histórica europea.

    En 1743 esta enfermedad asoló Mesina, y a finales de enero de 1748 llegaron de Sicilia nuevas muy inquietantes. Una embarcación liornesa había traido el contagio desde el Levante otomano, registrándose dos fallecidos y siete enfermos de su tripulación. En el Mediterráneo de los comerciantes y las epidemias todo detalle informativo alcanzaba un elevado valor.

    El Imperio turco no acertó a liberarse de los embates pestíferos en el siglo XVIII, suponiendo un enorme riesgo desde las fronteras del Imperio austriaco al español, cuyo sistema de información se extendía hasta las Italias, en la órbita borbónica en parte.

     Desde Nápoles se informó cumplidamente del peligro, que confirmaron Florencia y Génova, puntos tradicionales de nuestra actividad mercantil y financiera. Así el obispo gobernador del Consejo de Castilla podía ordenar las medidas oportunas para evitar el contagio.

     La amenaza era muy seria, y a fines de agosto las autoridades de Mallorca dieron buena cuenta a las peninsulares de su gravedad. En Argel había prendido el contagio, cuya trayectoria alcanzaría Esmirna, Salónica, Alejandría, Tetuán, Saphí y Santa Cruz de Berbería. El drama se extendió en los umbrales de Alicante. 

    Los grandes remedios a los grandes males.

    Y si no nos alcanzó fue merced a las medidas de cuarentena para evitar el temido contagio. Malta se salvó de igual modo.

     El dirigismo de la monarquía borbónica no tuvo más remedio que contar con la colaboración del poder local. En 1743 se alzaron barracas de control en la marina del distrito alicantino y al año siguiente se transfirió al municipio el barco del resguardo de sanidad, capitaneado por Pedro Carratalá, y la confección de los boletines de pescadores, en los que se daba cuenta de todas las novedades.

     El 16 de septiembre de 1748 muchas de estas disposiciones parecían hacer aguas. Los boletines no se cumplimentaban debidamente para no perjudicar al comercio. Era habitual que las naves infectadas arrojaran al agua los cuerpos de los apestados antes de tocar puerto, escondiendo todo mal con letales resultados.

    La Universidad de San Juan a finales del siglo XVII

     En consonancia se exigió cumplimiento el 20 de septiembre, especialmente en lo relativo a los boletines de la villa de Muchamiel y de la universidad de San Juan, reforzando de paso la autoridad de la ciudad de Alicante sobre ellas. Se ordenó a los soldados de las torres del litoral que extremaran su vigilancia. Cuatro morberos supervisarían el estado de salud, extremándose la vigilancia alrededor del matadero. El esfuerzo rindió sus frutos.

     Limosnas poco remunerativas.

     La cofradía de caleseros apeló el 13 de julio a la piedad cristiana de la autoridad para resolver sus problemas. La caridad mantenía unida la sociedad alicantina en teoría.

    Las limosnas eran una de sus fórmulas predilectas, pero con frecuencia no estuvieron a la altura de las expectativas, según se reflejó en algunas dotaciones eclesiásticas. El Hospital de San Juan de Dios se quejó de ello, y la dotación de la Peregrina se encontró insuficiente.

    Pese a todo el apego a la religión se mantuvo vivaz. El municipio cumplimentó con solemnidad al obispo de Orihuela, se predicaban las bulas de cruzada, y el Corpus se celebraba con esplendor, encargándose de uno de sus sermones el padre dominico Vicente Rico. En el Alicante coetáneo el catolicismo se compatibilizó con las nacientes formas económicas y sociales.
               
    El deseo de trazar una ciudad nueva.

    La histórica trama urbana alicantina acusaba no pocas deficiencias de seguridad, comodidad y salubridad, difíciles de subsanar, pero al menos en diciembre de 1748 se intentó hacer algo mejor. 

    A la sombra del Hospital Nuevo se proyectó la ampliación del arrabal de San Antón. El maestro albañil Francisco Asensi examinó el terreno bajo supervisión municipal y el padre mercedario Ambrosio preparó en diciembre el memorial, el de un trazado regular.

    Se proyectó para desahogo del Hospital una plaza de 199 palmos de amplitud (unos 50 metros), trazando un ángulo con las casas del tratante Juan Sánchez hasta el Portal de la Santa Faz. A fin de evitar la violencia  de las avenidas de las aguas pluviales descendentes del Benacantil se diseñaron dos calles, una de 41 palmos (más de 9 metros) de amplio y otra de 22 (casi de 5) cercana a las casas de la canterería con salida al Camino de los Capuchinos.

    Hacia los Capuchinos ya había un camino, donde más tarde se encontraría la Calle San Vicente, con unos pocos álamos reservados a la Intendencia de Marina del Mediterráneo.

    Las heridas del bombardeo de 1691 iban siendo restañadas, alzándose las Casas del Ayuntamiento, arrendando Vicente Soler sus obras hasta el 9 de septiembre. El proyecto del deseado muelle fue prohibitivo para las arcas alicantinas y las reales.


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    VÍCTOR MANUEL 
    GALÁN TENDERO
    (Fotos: Alicante Vivo) 



  • LOS TESOROS DEL INSTITUTO "JORGE JUAN" EN PELIGRO - 29-07-2014
    Cualquier alicantino que tenga aproximadamente mi edad, o sea mayor que yo, si oye hablar del "Instituto", seguramente pensará en un instituto, el Jorge Juan. El decano de todos los institutos, y prácticamente el único hasta hace relativamente pocos años.  Como se explica en otros artículos que relaciono al final, su creación data de mediados del siglo XIX (sí, diecinueve), si bien su actual ubicación se remonta a 1950, y el nombre (mejor nombre, imposible), a 1960.

    Desde siempre, ha sido parte fundamental tanto de la historia con mayúsculas de la ciudad de Alicante, como de las miles y miles de pequeñas historias personales de los miles y miles de alumnos que poblaron, y pueblan sus aulas. Yo, que no he sido alumno del Jorge Juan, reconozco como mías muchas de ellas, y es que, al menos en mi época de escolar, esas historias trascendían fuera de sus paredes. Desde cualquier otro centro escolar se miraba al Jorge Juan con cierto respeto y consideración.

    Y, desde hace algún tiempo, según me cuenta mi amigo Nacho Sendón, profesor del centro y ex alumno del mismo, el Jorge Juan languidece. La crisis, y esas soluciones ingeniosas para sacarnos de ella, que pasan siempre por quitar dinero de donde más falta hace para ponerlo donde sobra, están favoreciendo que este centro, patrimonio histórico y cultural de TODOS los alicantinos vaya quedando en una situación de casi olvido y menosprecio que sin duda no es la que se merece.

    Hace unos días tuve la fortuna de poder visitar el Jorge Juan. Acompañado, muy bien, por Nacho, Alacantí de Profit, también ex alumno, y sobre todo gracias a la cortesía de sus director, don José Miguel Baeza, del que recibimos todas las facilidades del mundo.

    Para mí, lo reconozco, fue una experiencia muy grata. Visitar ese edificio de la mano de los magnificos guías, Nacho y José Miguel, y escuchando los acertados apuntes y recuerdos de Alacantí os aseguro que es muy enriquecedor. Y también fue una visita sorprendente. Me encontré con un edificio que da la sensación de estar muy bien construido, con unos ambientes muy agradables, unos materiales muy funcionales y resistentes (todo el azulejo de las paredes es el original de 1950, por ejemplo), unos rincones muy modernos, y otros que nos remontan a otras épocas, más juveniles para el edificio, pero tal vez menos felices para la población, como la marca en la que se levantaba el muro que separaba a las chicas de los chicos, en los años en que era impensable la educación mixta.

    Pudimos visitar cuanto quisimos, subimos a los tejados, comprobamos no solo la situación privilegiada en la que está ubicado, sino la magnífica integración con la ciudad...y la cosa, siendo ya de una capital importancia, no quedó ahí, porque pudimos disfrutar de parte de los fondos educativos centenarios del centro. Una bilbioteca sencillamente impresionante, unos laboratorios de física y química con instrumentos y productos muy antiguos, algunos del siglo XIX, libros añejos, exposiciones de fósiles, animales disecados...

    Eso, todo eso y -intuyo- mucho más es el Jorge Juan. La emoción, el orgullo, que en todo momento aprecié en Nacho, José Miguel y Alacantí se me contagió, y los hice míos, porque creo que es el orgullo y la emoción que todos deberíamos sentir ante una institución importantísima de nuestra ciudad, y a la que inmediatamente debemos poner en su lugar, en el lugar que se merece por méritos propios.

    Me queda la duda de que mis fotos puedan transmitir todo lo que acabo de contaros, pero confío en que os podréis hacer una idea. En todo caso, por favor, impidamos  que el Instituto, nuestro instituto, languidezca hasta morir.



    La fachada principal, es una parte del paisaje de nuestra ciudad


    Los arcos dan personalidad propia al edificio





    Un ángulo muy moderno y fotogénico


    Los azulejos originales que marcan la estética 
    del interior del edificio, como el primer día



    Desde la azotea




    La antigua cabina de proyección del salón de actos








    Lugar por el que pasaba la pared que separaba 
    a los chicos de las chicas. Juntos, pero no revueltos





    Encontrado en un rinconcito (¿cómo no?) 
    por quien encuentra todos los detalles, Alacantí de Profit


    Animales disecados


    El salón de actos


    La imponente bilbioteca



    Nacho mostrándonos los "tesoros" del laboratorio de química











    Pesas en el laboratorio de física



    Y otra sorpresa: un aparato de rayos x portátil, usado en la 
    primera guerra mundial, e inventado por un español




    Un grupo escultórico de Carrillo


    Las escaleras, las famosísimas escaleras del Jorge Juan, 
    "decoradas" por algunos descerebrados



    Esta es una de las vistas desde el Jorge Juan. No se puede pedir más



    Enlaces relacionados:

    - El blog del hermano pila: las escaleras del instituto Jorge Juan


    Artículo publicado conjuntamente con el blog
    Vuelve a mirarlo